Cuando enseñamos a un alumno, debemos intentar considerar muchos aspectos en su formación, no solo en referencia a habilidades cognitivas, sino también no cognitivas, las denominadas como soft skills, que parecen estar en el centro neurálgico actual del universo educativo más cool (nota: apréciese el esfuerzo en no cambiar de letra). Veamos cuáles son algunas de estas Cs.
En primer lugar, tenemos que retomar el post anterior y, como ya
adelantábamos en él, y a él nos remitimos, buscaremos fomentar y desarrollar
la cooperación, la curiosidad, la creatividad y las competencias de los estudiantes. De este modo, ya
contamos con las cuatro primeras Cs. Partamos entonces desde ese punto en el
que lo habíamos dejado, y sigamos añadiendo características indispensables para
el alumno:
·
Debe ser crítico. El desarrollo del pensamiento crítico es fundamental, en consonancia con el
epicentro didáctico que están adquiriendo las nuevas
tecnologías. La información es accesible, pero hay que saber
buscarla y distinguir el contenido válido del poco riguroso, o incluso de las
llamadas Fake News.
·
Tendrá que ser constructivo, defendiendo un aprendizaje entre
todos, con la voluntad de aportar para el bien propio y para el bien común.
·
Resultará comprensivo, en el sentido de reflexivo y empático,
siendo capaz de ponerse en lugar del otro, escuchando a los demás, pudiendo
mostrar desacuerdo, pero siempre desde el respeto y con una finalidad de
mejora.
·
Será comunicativo, relacionado con lo que acabamos de indicar
en el punto previo. La inteligencia emocional, intra e interpersonal, se presenta
como una necesidad básica para su desarrollo personal. Debe tener la capacidad
de expresar sus sentimientos, frustraciones y deseos. Igualmente, la parte oral
de su comunicación será esencial, el alumno adquirirá las competencias precisas
para expresarse en público, de forma adecuada a cada contexto y circunstancia,
sabiendo adaptarse a la audiencia y a la temática.
·
Destacará por ser cultivado, de nuevo relacionado con lo
anterior. Hoy en día se subraya la importancia de disponer de la popularmente
conocida como cultura general. En consonancia, numerosos expertos
están resaltando la relevancia de una formación en Humanidades como base imprescindible para cualquier
trabajo, independientemente de la vertiente tecnológica del mismo. Así mismo,
esa cultura también implicará una mentalidad abierta, aceptando,
conociendo y reconociendo la riqueza de la diversidad cultural y de la
diferencia, con tolerancia y con la mano tendida a la convivencia y a
la inclusión.
· Seguirá manteniendo su aspecto cognitivo. Es decir, a pesar de
que el contenido es accesible, aún debe preocuparse por aprenderlo. Aunque
cambien las metodologías, el conocimiento sigue siendo parte indispensable.
Probablemente en algunas disciplinas más que en otras, pero eso ya sería otro
tema.
·
Tendrá que ser científico, en el sentido amplio de la palabra.
De este modo, por un lado, estamos haciendo referencia al aspecto tecnológico y
digital de la educación, fundamental en la formación actual. Y, por otro lado,
ya más literal, este adjetivo nos abre la puerta a otra vertiente de la
palabra: la investigación. Relacionado con la curiosidad de la que hablábamos
al inicio, el estudiante debe ser investigador, indagador y curioso,
repercutiendo en una mayor motivación y en un aprendizaje significativo.
·
Deberá ser consecuente con sus actos, palabras y
decisiones, tanto si se producen en el mundo físico como si es en el virtual,
sabiendo que las acciones tienen consecuencias y que, por lo tanto, deberá
pensar antes de actuar, hablar o escribir. Posteriormente, tendrá que ser
responsable de lo que haya hecho, originado o provocado, sea en relación a
resultados físicos o psicológicos, implicando los sentimientos propios o los
ajenos.
·
Destacará por su carácter cívico y comprometido. Las ponemos de
últimas y quizás deberían estar de primeras. El alumno cívico es el alumno
empático, el alumno educado, el alumno comprometido consigo mismo y con el
mundo que le rodea, tanto a un nivel local, con su centro y comunidad, como a
nivel global, con el planeta y la naturaleza. Con un mayor civismo y nivel de
compromiso, harían falta menos prohibiciones y menos leyes.
Desde el cariño, con cabeza y corazón,
de forma colaborativa, el alumno del siglo XXI tendrá competencias relacionadas
con unas capacidades que le ayudarán a ser mejor persona. Una
persona educada.
¿Y cómo se consigue todo eso? Quizás habría que proponer, para averiguarlo,
las Cs del docente del siglo XXI, pero eso ya es otra historia y tampoco es
necesario rizar el rizo.
Ingrid Mosquera Gende
Profesora adjunta en la Universidad Internacional de La Rioja. Dpto. Inglés. Facultad de Educación. Doctora en filología inglesa. DEA en Psicología de la Educación. Postgrados en Alteraciones de la Audición y el Lenguaje y en Estrategias de Aprendizaje. Máster en Docencia Universitaria.
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